Sólo la acompañan su madre, su hermano y algunos amigos íntimos. Está debilitada y casi no duerme.
Encerrada a cal y canto en su finca de “Cantora” desde que asimiló que su ingreso en prisión era más real de lo que sus asesores legales le aseguraban a Isabel Pantoja sólo le queda el consuelo de su gente (su madre, doña Ana y sus amigos más íntimos) para apurar sus últimos días en libertad.
En esa propiedad que el fallecido Francisco Rivera “Paquirri” dejó en herencia a su hijo, Kiko Rivera, es donde Isabel pasó el luto tras enviudar del torero en 1984. Y donde hace poco más de un año derramó muchas lágrimas al saber que su hija “Chabelita”, por entonces menor de edad, iba a convertirla en abuela.
Debilitada tanto física como anímicamente, la cantante apenas es una sombra de lo que fue. Los nervios le afectan al estómago y no puede dormir. Muy pocos son los que tienen acceso directo a ella, los que pueden traspasar la barrera de seguridad que ha levantado su hermano Agustín, la persona que más influye en sus decisiones.
A fines de este mes saldrá al mercado su último disco, que hace unos meses grabó en México con Juan Gabriel. El 28 precisamente tenía programado un concierto en el Barclaycard Center de Madrid. Pero su carrera artística quedará congelada.
